Desde hace varias semanas vengo sintiendo la necesidad de jugar al ajedrez casi de forma compulsiva. En cualquier momento una apertura asalta mi mente, veo tableros con piezas desarrolladas, finales de partidas, sí, de esos en los que un par de torres contrarias luchan por mantener sus peones y acabar con los del otro bando, de esos que parecen fáciles de conseguir y acabas perdiendo. Como todo.
Un viejo libro de aperturas, que adquirí por casi 8 euros, me acompaña en la mesita de noche, formando parte de la misteriosa posesión que se ha adueñado de mi.
Este fin de semana pasado me pregunté: ¿por qué me ocurre esto? ¿por qué todos los años por estas fechas sientes algo parecido? No hizo falta escrutar mucho en mis adentros para hallar la causa: Ajedrez en Linares.