Recuerdo que de pequeño leí en uno de esos “libros de lectura” que solían acompañar al de “lengua” una fábula que relataba lo siguiente: en una cuadra vivían, entre otros, dos magníficos caballos. Uno de ellos era negro, de pelo corto y brillante, ojos profundos, delgada constitución y fuerte musculatura, cola y crines recortadas. El otro era blanco, de pelo largo y sedoso, ojos radiantes como el sol y fuerza inmensurable en cada uno de sus músculos. Por más que su dueño se esmeraba en cuidarlos a los dos por igual siempre estaban peleándose entre ellos.