Es curioso observar como, año tras año, va desapareciendo un poco más el espíritu navideño de mi alma (ese principio vital de Aristóteles). Cada vez pienso con más fuerza que la navidad está hecha para los niños, y yo, por desgracia, ya hace tiempo que dejé de serlo (al menos en cuanto a obligaciones y sentires).
Un año más me he visto envuelto en la vorágine devoradora de centros comerciales, en los pacientes atascos demoledores de nervios: a algunos he visto que han llegado casi a las manos (el espíritu navideño, supongo). Gente con la cara desencajada explorando desenfrenadamente miles de estanterías cogiendo soltando derramando gritando buscando... en fin, un placer.